Las “bondades” de la guerra o cómo disparar a un elefante

Los que solemos ver las noticias tenemos un concepto de la guerra un tanto distorsionado. O “son cosas de abuelos” porque no hemos vivido una; “es una guerra de pintura“, como la de las películas; o, simplemente, estamos tan acostumbrados a ver las imágenes en las noticias que nos deja indiferentes, “mira, lucecitas verdes“. No es lo mismo verlo con los ojos y la cámara de alguien que la ha vivido desde dentro.

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Eso es lo que muestra el documental To shoot an elephant (Disparar a un elefante), del director gijonés Alberto Arce. Un documento de algo menos de dos horas en el que se muestra el interior de Gaza entre el 27 de diciembre de 2008 y el 18 de enero de 2009, durante la llamada Operación Plomo Fundido. Guerra pura que viene desde el cielo a personas que no se les puede llamar militares y mucho menos terroristas. “Estas eran sus balas [juguetes] y este su tanque [un triciclo]“, señalaba un hombre al hablar sobre su sobrino de 3 años, muerto por uno de los misiles que caían de los F-16 israelíes.

Incrustados.

Alberto Arce, se encontraba en la Franja durante las navidades de 2008 mientras grababa un documental sobre la situación de asedio que viven los civiles palestinos por parte de Israel. Le sorprendió el ataque aún en Gaza y decidió quedarse. Él y dos corresponsales de Al Jazeera Internacional, Ayman Mohyeldin y Sherine Tadros, fueron los únicos extranjeros que consiguieron informar a varios medios de comunicación sobre lo que allí pasaba -Israel no dejaba entrar a los periodistas, sólo informar a distancia-. Así que, como los grandes corresponsales, se incrustaron. Pero no como en Iraq, detrás del ejército, sino con los servicios sanitarios de la Media Luna roja y dentro de sus ambulancias.

El conflicto que se muestra en To shoot an elephant enseña no sólo la dureza de la guerra misma sino el sufrimiento de las víctimas y las pruebas de que se cometen actos ilegales según los convenios ratificados y sin que la comunidad internacional haga nada.

En definitiva, este documental no deja indiferente. Es duro, pero muestra una realidad sin maquillar.

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